Tuve ocasión de escucharlo por primera vez en los años ochenta del siglo pasado, en una de aquellas jornadas sobre Estudios Canarios que organizaba con acierto la obra social de CajaCanarias. A él le debo el despertar hacia la prehistoria de Canarias; gracias al profesor Tejera aterricé en la obra de Torriani, de Abreu Galindo, de George Glas , de Viera y Clavijo y de diversos viajeros que han parado su interés en nuestras islas como René Verneau y otros cronistas, que se convirtieron en mis lecturas primeras dirigidas hacia el pasado de Canarias. Gracias a él y a los libros prestados de César Rodríguez Placeres del Centro de Cultura Popular Canaria, autores esenciales como el Padre Espinosa dejaron de ser nombres aislados. Por Antonio Tejera me enteré que había un método de datación llamado carbono 14, que el propio Premio Canarias 2011 de Patrimonio Histórico desconocía qué era con exactitud, según dijo irónicamente en una conferencia. El profesor Tejera tiene la extraña habilidad de hacer que quien escucha se sienta experto en la materia , porque con esa muletilla de "como bien saben ustedes", usa la ironía socrática y kierkegaardiana que atrae amistades y despeja el horizonte de insensatos. Por eso ha hecho tantos amigos en años de trabajo, y ha convertido a sus alumnos en un amplio club de fans que siguen su riguroso método y manera de trabajar, el entusiasmo por la investigación, las renovadas fuerzas para seguir arrojando luz sobre un pasado isleño que demanda respuestas con los modernos métodos de investigación.
Él se ha afanado durante toda su vida en ahondar en la lectura y en la exégesis de las huellas codificadas que dejaron los antiguos pobladores de Canarias, y lo ha hecho acercándose a los medios de comunicación, con llaneza y su risa contagiosa, sin perder el rigor y con altas dotes de comunicador, como lo demostró una vez delante de la cámara de TVEC y subido en una azotea del siglo XV, en la Torre del Conde de mi querida isla de La Gomera, la azotea más antigua de Canarias.
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Hace tan solo unos días el Ayuntamiento de Puerto del Rosario y la compañía aérea Binter tuvieron a bien premiarnos como baifos de honor a varios majoreros de corazón, en un acto muy medido celebrado en la Casa de la Cultura de la capital majorera. También se llevaron sus baifos correspondientes el catedrático de ingeniería Roque Calero, el futbolista Braulio y el timplista Domingo el Colorao.
El baifo es inocencia, es la vitalidad, un baifo es un canto a la vida, el baifo es la antesala al buen queso, el baifo da señas de riqueza y de la imponente fuerza de la naturaleza; un baifo es un juguete visual para los niños. Es un ser desvalido y recién llegado al mundo, también es el reclamo con patas para que la madre no se aleje. Premiar con un baifo es un gesto tierno que encierra una simbología amistosa, estar como un baifo es invitar a la locura de estar vivo. Un baifo está loco de llegar a la isla de las cabras. Aquí la cabra no tira al monte porque el monte se borró con el paso de los siglos majoreros, la cabra levanta la mirada hacia el llano místico de Fuerteventura; convoca el baifo a la locura por ser hermana y origen de la sabiduría. Los premios, como la reputación y los honores, no dependen de uno.
Más bien es un acto de generosidad por parte de los demás, un premio es un gesto de la comunidad que tiene su origen en la amabilidad de quien lo otorga. Por tanto, mi agradecimiento no es tanto por mi persona o por mis posibles méritos, es una vez más la prueba de que por sí mismos no somos capaces de valernos en solitario, como si fuéramos baifos recién nacidos. Dependemos, como el baifo, de las atenciones de la madre y del forraje que nos ponga delante el pastor.
El baifo también mantiene un claro paralelismo con la vida pública, porque hay –y no son todos– políticos que siguen el ejemplo de Sísifo, se encaraman hacia la ubre del poder en busca de la calma que no se halla en ese camino, y lloran como baifos cuando los votos no dan para llegar al vientre de la madre nutricia, que les dará de mamar durante no sé cuántas legislaturas.
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Me atrevo a tomar prestado en esta nueva etapa el título de Guía de Perplejos, que es el nombre de una hermosa obra del sabio judío Maimónides (1135-1204), para traer al caso asuntos que tengan que ver con la perplejidad que nos da el estar en el mundo o ante asuntos isleños que suscitan, de la misma manera, asombro en quienes viven en Canarias o lejos de sus costas soleadas. En esta primera entrega me ocupo de comunicarles mi jubilación anticipada, una jubilación que aplico a mi actividad en el escenario por el momento, por donde he transitado durante más de treinta años, y en cuyo grado de veteranía sólo me acompaña mi querido amigo Cho Pacheco, humorista de verso libre y de burra mansa, hacedor de versos inolvidables y de tardes de fiesta por esos bellos pueblos de estas islas atlánticas. Para qué exponerse en el escaparate, me pregunto yo, para qué ensayar la puesta en escena si no hay oportunidad de aparecer en boca de escenario alguno, para qué si este trabajo se nutre de la repetición que no se da. Porque solo la repetición puede darnos solidez, experimentar con errores y aciertos que son propios del teatro y del trabajo comunicativo. Da igual que te conviertas en un producto de bajo coste como en los formatos televisivos que aún colean en la pantalla y en plena calle. Es una jubilación anticipada y puede que temporal, nunca se sabe. Ahora como ayer solo el humor domesticado tiene opción de caminar en las afortunadas islas, ya les digo.
Da igual. Me va la marcha en las trincheras. Con esto de la jubilación anticipada tendré algo que siempre he buscado: libertad y silencio. No es una libertad ociosa, porque todos sabemos que la ociosidad conduce a la tristeza. En cuanto al silencio, será un silencio sonoro, porque usaré la palabra escrita para decir lo que pienso desde la perplejidad. Mi jubilación abarca, por el momento, el escenario estrangulado; me queda la radio y, tal vez, la televisión. Esta última opción palidece cada vez más. En este último medio no se dan las circunstancias desde hace cinco años de reposiciones porque no hay cama para tanta gente, y uno anda harto de ser el recurso de última hora, cuando la lata del gofio suena a hueca. Tal vez, dentro de poco, también eche el cerrojo a esta opción televisiva plagada de advenedizos. Ya uno es mayor y es ley de vida que pasen los jóvenes, los talentos que se forman dentro y fuera de Canarias.
Eso sí que me alegra, me gusta que los profesionales más jóvenes se planten en primera línea, porque su esfuerzo les ha costado para ser la generación más preparada que ha dado el Archipiélago después de tantas echaduras. Porque uno no nace actor, ni realizador, ni cirujano, ni profesor en historia del arte, ni escritor. Eso se estudia, y se aprueba o no. No hay nada, Juan Luis, me dice un agente que se ocupa de rastrear en el horizonte, no hay nada para ti. Por fin ya no tendré que escuchar esta frase que me coloca en el paro inducido, en una nueva, oficiosa y secreta lista en la que figuro, según me enteré de fuentes muy bien informadas.
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Resulta muy fácil caer en las garras de la nostalgia si me dispongo a hablarles de radio en pasado porque tendría que hablarles de una radio que escuchaba en la lejana casa de la infancia, con la maresía nocturna al pie de la puerta en las húmedas noches de la playa de Las Canteras, cuando mis padres sintonizaban Radio Club Tenerife para sonreír con las historias de Señá Pepa y Cho Venancio, como ya he contado alguna vez. Hoy, sin embargo , prefiero hablarles de una radio menos tangible con los oídos y más audible con el alma. Hablar de radio para mí es no parar de hablar si alguien se presta a traer a la charla los infinitos recursos que nos vienen dados para seducir sin engaño al oyente, sin sucumbir ante el tedio de la repetición; la radio ha sido una banda sonora que me ha llenado de perplejidad hasta la fecha, que renueva la inspiración de cada día irrepetible, que ha suavizado la soledad escogida en pleno bullicio urbano o muy cerca del monte virgen donde la naturaleza emite en muchas frecuencias. Ahí ha estado la radio siempre. Con las voces y la frase que necesitaba oír , con charlas entrecruzadas, con boletines de noticias; y la búsqueda de la estética de los sonidos, de la radio bien hecha, de la música que aparece en el momento de conmover el ánimo del oyente para desvelar el poder viajero de la palabra.
La palabra como portadora de conocimiento y de comunicación de sentimientos, como instrumento para nombrar al mundo de infinitas maneras. La radio para mí es una almohada hueca, vacía , que lleno de diálogos que son míos y que, a la vez, conectan con otros diálogos que proceden de un estudio lejano, con voces sin cuerpo; así he pasado años aprendiendo hacer radio sin conseguir delimitar la transparente frontera de mi papel como oyente y, a la vez, mi perfil como voz que interrumpe el silencio que otros dejan para ser ocupado con otras voces que me suplantan vestidas de señora sencilla, de caballero de la tierra o de macarra sin autocensura. La radio para mí es un entrenamiento para escuchar lo que los otros dicen, aunque ello suponga una retracción de mis propias opiniones y del parloteo egocéntrico que nos tortura e impide poner atención a quienes nos hablan. Se puede aprender a escuchar poniendo asunto a la radio, porque la conversación que brota del altavoz en una sola dirección es una invitación grande a la amistad de la escucha , que es el soporte único de mi justificación durante años delante del micrófono. Sólo la amistad me ha unido a Radio Club Tenerife, y ahora me doy más cuenta que nunca, sólo la amistad de mis compañeros por ser guionistas en la sombra, porque olvidan mis errores y alaban lo que es imposible construir sin ellos.
Detrás de cada segundo de radio existe una cadena construida con el trabajo de muchas personas que no son vistas ni oídas, que trabajan en una mesa que nadie escucha, en silencio; porque los publicistas son discretos, los realizadores no hablan en la radio, los técnicos apenas son conocidos, son portadores de la sabiduría del vivir ocultos y manifiestos a la vez. Ocultos porque saben que exponerse es arriesgarse sin necesidad y manifiestos porque, sin su aporte profesional, me hubiera desvanecido hace tiempo en la masa de oyentes que justifica nuestro afecto por un medio, que nunca dejará de ser grande porque transporta en esta telegrafía sin hilos el poder inmenso de la palabra.
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Sergio graba verbenas, voces y sonidos naturales.
Para algunos estar viviendo fuera de las islas es un sacrificio, para otros una estancia que huele a desarraigo, para otros puede tener el placer de comenzar una nueva vida o la amargura de un exilio escogido. He visto canarios en Madrid que lucen una canariedad abierta al mundo difícil de comunicar con palabras, y en otras partes de la geografía peninsular recuerdan a Canarias a través de la gastronomía y los buenos caldos, del habla isleña, del español que se habla en el Archipiélago, como es el caso de Sergio Gómez Prieto, un estudiante de Gran Canaria de veinticinco años que siente auténtica pasión por nuestro acento canario. Es un placer hablar con este joven estudiante de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad Politécnica de Madrid de los portuguesismos que perviven en los hombres de mar, en las charlas cotidianas o en los árboles de la flora antigua de la laurisilva. En la foto lo vemos en mitad de Madrid con un micrófono, un compañero inseparable que lleva a todas partes; con él ha captado conversaciones en diversos puntos de Canarias, se ha parado en los sonidos urbanos de las ciudades, ha puesto el oído en el ir y venir de las olas, en la Canarias natural de nuestros montes, en el canto metálico de los herrerillos que habitan en los pinares, en el pedrolui-pedrolui de los alcaravanes majoreros y en las conversaciones vespertinas de las gaviotas que se retiran a sus refugios para pasar la noche. Sergio es todo un proyecto en movimiento, es un hombre de acción que espanta la ociosidad y que forma parte de esa generación de canarios que se esfuerzan por tener una mayor cualificación por el mundo y el presente que tenemos delante, y que a pesar de cursar una dura carrera, todavía tiene horas para pensar en las islas y alegrarse el alma con una tarea que ha terminado en El cloquido.com, una página donde recoge tanto sus andares por las verbenas de los pueblos en fiesta como una caminata al Teide, con cuidado y despacito, sobre el malpais volcánico y los destellos de la obsidiana del mediodía.
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Diego Ojeda hizo las maletas y se plantó en Madrid. Desde esa decisión comenzó a hilvanar su nueva vida con encuentros inesperados y nuevos amigos , hasta llegar a un colegio madrileño para ejercer lo que estudió, Magisterio de Música. En este centro escolar ha formado un coro de niños de diversa procedencia : españoles , peruanos , chinos, ecuatorianos y rumanos ya entonan canciones de las islas. Este trabajo junto a los niños le satisface, aunque pone en el horizonte el propósito de dedicarse por completo a su oficio de cantautor de temas sociales, de canciones de amor y desamor. Este grancanario, que dio clases en Las Dominicas de Las Palmas de Gran Canaria, viene por lo menos una vez al mes a las islas para actuar en canales alternativos, en salas pequeñas.
También ha pasado por Libertad 8, la pista de despegue de tantos cantantes aliados con la noche y la música; viajó a Cuba hace poco por La Habana y Cienfuegos. Nuestro hombre en Madrid llamó a su primer disco Sin Prisa, una maqueta que terminó en un disco en el 2009 bajo el título de Escaparate, producido por Alexis Canciano, y que se presentó en el Gabinete Literario de Las Palmas con lleno hasta la bandera. Diego Ojeda se aprovecha de la movilidad que da el continente y la juventud, y este mes se irá a actuar a Irún, luego marchará a Sevilla, Barcelona y regresará a Madrid para seguir ejerciendo de canario en la periferia.
El cantautor Marwan es un amigo con el que comparte proyectos donde figuran , igualmente, Sergio Alzola y Luis Quintana, bajo el rótulo de 4 Bajo Par, un espectáculo cómico- musical con escenografía que se estrenó en julio pasado, y que en enero estará en el Teatro Leal de La Laguna y en Madrid. Su nuevo disco , Imprudente, está en la fase de pre-producción y se grabará entre la capital del Reino y Canarias. Cuando le pregunté cómo consigue que se llene la Casa de Canarias en Madrid, salas y teatros alternativos, me dice Diego que usa las redes sociales de Internet para convocar al personal, y por eso me recuerda , para terminar su propia página: www.diegoojeda@diegoojeda.com.
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Tal como se dibuja la realidad en los informativos que vemos en la tele, parece que no hay lugar que se salve del último suceso, de la última mala noticia alargada en una elasticidad infinita. Es fácil quedarse sin amigos y que nadie se ponga al teléfono si uno decide no sacarle el cuero a políticos, periodistas y todo lo que se mueva en desayunos , almuerzos y meriendas; te puedes quedar sin nadie en ocho kilómetros a la redonda si lo que quieres es hablar de otros temas más normales como el flujo de las mareas o el regreso de la lectura en voz alta en diversos locales madrileños como una manera de rescatar la cultura oral , el poder sonoro de la palabra; te puedes ver en medio de la calle al intemperie con tus propios pensamientos, si no pones sobre el tapete de la charla algo que tenga relación con la medicalización de la sociedad, la televisión cutre, las enfermedades o el último triunfo de Nadal. Te puedes quedar, ya les digo, como la una si te pones del lado de las aves en mis queridas islas, si sonríes a los gestos pacíficos de los ecologistas, a los escarabajos y si no te alegras del fracaso del vecino en un alarde de maledicencia. Huir de la omnipresencia del deporte, del culto al cuerpo, de la televisión mal hecha y de otros narcóticos, derrotar viejos mitos paradisíacos resulta una tarea penosa que puede convertirte en un misántropo en las islas atlánticas y en otras geografías. Por eso tal vez me decanto hoy por la lectura en directo, en el rincón del perchero, en pleno barrio de Lavapiés , donde sin micrófono ni otros adornos podemos disfrutar de textos de terror que pueden estremecerte, de poesía directa al corazón o de un párrafo de contenido religioso por si nos conmueve lo sagrado. Un texto religioso fue el que leyó Celestin precisamente, un amigo del Chad que no cabe por esa puerta y que está dedicado al Evangelio y a la difícil tarea de amar a los demás en su trabajo como misionero.
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Cuadro ganador del Quinto Concurso de Pintura y Escultura Figurativa’10.
Para estrenar el otoño me fui a la Real Casa de la Moneda para ver una exposición. Si hacen una visita a este edificio madrileño, les dará una idea del recorrido del dinero a lo largo de las culturas y de todos los tiempos, porque están presentes el millo , el trigo y la cebada como monedas de cambio, y una amplia lectura del mundo del comercio; planchas de té prensado ligan la belleza con las transacciones económicas, que han sido antesala de otros intercambios entre los pueblos. Quedarse sin blanca, los maravedíes y las pesetas del otro día, son imágenes cercanas en las vitrinas donde el oro se mezcla con otros metales y los dineros africanos que son breves esculturas, y que dan la bienvenida al Quinto Concurso de Pintura y Escultura Figurativa ‘10. Juan Manuel Infiesta, presidente de la Fundació de les Arts i els Artistes, organizadora del evento, dice que la creación no es un negocio ni una operación financiera. Es un planteamiento vital. Y en ese planteamiento, en esa honestidad con la que muchos artistas se enfrentan a su propio proceso creativo, en esa suprema sinceridad consigo mismo por delante de intereses crematísticos, está la justificación ,la razón de ser de nuestra existencia –dice-como Fundación de los artistas. Es este pensamiento el que rebosa en toda la muestra donde diversos artistas exhiben sus trabajos y va tomando cuerpo una idea, que va enfocada a tener más presencia en el ámbito de otras convocatorias artísticas internacionales. La chica con pecas, de Enrique Collar, un óleo sobre lienzo, fue el cuadro ganador de este quinto concurso, en cuyo jurado figuraban, entre otros nombres, el del pintor Antonio López.
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Nuestro abandono total en brazos de las nuevas tecnologías de observación meteorológica, a las predicciones del tiempo y al cambio constante de color de las alertas, nos ha quitado la sana costumbre de mirar por encima de los escaparates y de las azoteas de las casas. Nos hemos quedado con lo que tenemos delante: chiquito panorama. Lo que quiero decir es que ya nadie nos dice cómo se llaman las nubes y qué nos quieren decir con sus bellas formas lenticulares o de mechón de pelo, ni hay quién se fije en el comportamiento de las aves ni de día ni de noche. Por ejemplo, el domingo pasado, cuando iba a visitar a la profesora María Rosa Alonso a su residencia portuense, vi muchos cables camuflados bajo las plumas de las palomas y de otras aves, pude comprobar con ojos de curioso que los pájaros se recogían muy temprano, cerca del palomar y de los lugares de refugio.
Esto, según la voz popular, significa que los pájaros, como algunos humanos, buscan refugio en cuanto notan que el temporal asoma las orejas. En eso los animalitos nos llevan ventaja, están más atentos, porque sin ver la tele saben que el viento está por llegar en las próximas horas . Algo que he podido comprobar en otras tantas ocasiones cuando uno estaba más cerca de los arbolitos y de la madre tierra o Pachamama, como ustedes quieran; en esas oportunidades también he visto enguirradas a garzas reales y garcetas en el mismo cable, horas antes de la llegada de temporales con viento y agua que manda el cielo, igual que en estos días en que nadie se alertaba con anticipación con mapas de colores y satélites precisos; a nadie se le pasaba por la cabeza el cierre de Los Rodeos y el viento racheado que estaba por llegar.
Será porque la naturaleza a veces se hace invisible a los radares y a la interpretación racional de las cosas, y nos anima a que miremos por encima de nosotros por si las gaviotas vuelan alocadas en la costa para anunciarnos la marejada. También un averío de pardelas puede decirnos dónde están los atunes azules, los vencejos con el vuelo errático según se acerquen o alejen del suelo marcan el índice de humedad en el aire y las palomas se posan en grupos en la antenas y o en el entramado de cables de Unelco para indicarnos un cambio en el curso de los vientos que sólo el hombre de campo sabe interpretar todavía.
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6 de Septiembre de 2010 · 1 Comentario

El barco de Pacuco sigue en el fondo.Foto:Raquel Quesada.
El aroma caduco que se respira en la televisión y en la radio, la falta de formatos que no huelan a plagio enmascarado y a urda repetición, hacen que sea más tonificante una sosegada lectura y un paseo por el paisaje humano de estas islas, que plantarse una eternidad ante la Tdt dichosa, que tiene muchos canales pero poco seso, mucha tele tienda y ni una brizna de imaginación donde parar la vista en el peso de siesta. Pasear por las islas, desplazarse por motivos de trabajo o porque las vacaciones lo requieren, nos pone delante a personajes como Pacuco, un hombre de mar, con las manos amasadas como puños de gofio y los dedos gruesos de tirar por el cordel.
Un hombre como Pacuco bien vale para cerrar estas semanas ensalitradas que han llenado el balayo con las voces de los hombres que viven pendientes a las gaviotas reidoras y a los paíños de patas húmedas. Pacuco es uno de ellos, él no es persona de grandes conversaciones, las palabras hay que sacárselas con unas tenazas, las usa cuando hay que usarlas por necesidad para empezar o terminar una charla, o bien para que se sepa que está escuchando al otro. Y así, con sus pausas y sus escasos gestos, fue cómo me contó Pacuco que este verano había perdido el barco en el Paso de Calala, allí mismo fue. Y lo sufrió porque un barco no es como el que tira las tripas a la marea para que las pardelas se las sorteen a picotazos, ni un cigarro consumido en los labios del tedio; un barco termina por tener el mismo caminar que el patrón cuando peina las olas, con la proa valiente abriendo paso y los toletes donde se posan los remos apuntando a las nubes. Era un buen barco, se zafó de la boya una noche de viento y amaneció de remojo en el fondo, en una rada natural, cerca del Puerto de la Peña, donde embarcaban la cal en veleros de otro tiempo. Allí mismo está.
Se puede ver desde lo alto, desde el palo de la pesca nocturna, al lado de una choza hecha con paciencia y piedra caliza. Pacuco está tranquilo, espera a que el seguro hable para reparar los daños. Según despunta el día sobre el llano donde los amantes construyen corazones de piedra, otra gracia del turismo de masas, se le puede ver rumbo hacia la transparencia del naufragio, y a través de ella reflota en el pensamiento al barco que perdió hace unas semanas. Estaba orgulloso de que el helicóptero estuviera buscando al Himar como un cernícalo después de hundirse para siempre, que el gentío se agolpara sobre las cuevas con los ojos como platos , que los hombres rana se sumergieran entre cuevas de pulpos y piedras de mero, en la Peña Vieja y el ojo de El Jurado, entre la ceba de bigotes largos y la esperanza sin prisas de Pacuco el de Teresa.
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